Pero me da igual. Me encanta el metro. Olerá mal y muchas veces tendrás estrecheces, pero me da igual. me sigue encantando. Es el único sitio de Madrid donde puedes ver todo mezclado y como es la gente.
Por ejemplo, si me vierais a mi, veríais alguien a quien le encanta estar en su mundo. Ponerse la música a todo volumen y evadirse del mundo para viajar al suyo propio. Algo que tiene bastante razón, esos espacios propios tuyos y prácticamente impenetrables por los demás donde guardar todos tus secretos me parecen importantísimos en cada ser racional. Y me gusta, de vez en cuando, resguardarme en ellos, pero siempre mirando al futuro. Pero vayamos a la idea del post.
Estos días he empezado a trabajar como aforador del Metro, y, como el curro es un coñazo inmenso, me entretenía (aparte de con la música, claro) observando a la gente. Y ves muchas cosas curiosas. Por ejemplo, señoras que se tiran 2 horas de reloj hablando en el andén. No es que me parezca malo, de hecho me da exactamente igual, pero me extrañó muchísimo que quedaran en un sitio como ese. O, otro ejemplo, un hombre que entró al metro, se fue al andén, se sentó, empezó a leer, y cuando se terminó el libro, se aburrió, o lo que sea, y salió del metro sin pisar el tren.
Aunque lo que más me gusta del metro es su multiculturalidad. Allí vas a encontrar absolutamente de todo sin que haya, practicamente, ningún problema (en lo que llevo currando no ha habido ninguno, pero gilipollas hay en todos lados). Da igual sexo, raza, religión, ideología, tribu urbana o marca de pasta de dientes, en el 99% de los casos la gente va de buen rollo. Y eso se agradece mucho, y mas en estos tiempos que corren, donde las noticias, mas que noticias son sucesos.
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